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LA SACERDOTISA.

Dos.

 

Olor a cempasúchil, velas a medio quemar ante la incesante protesta del viento que lucha ante mi bloqueo creativo. Sentada frente a la computadora llevo un mes con la línea horizontal parpadeante del teclado en la hoja en blanco.
Su retrato, que está frente a mi escritorio, contiene una fotografía de ella. Parece una selfie, lo es, pero no había tecnología como ahora, fue con una cámara fotográfica como lo hacían nuestros antepasados. Está feliz en una fiesta, sonriente.
Ella me acompaña todo el tiempo. La pienso, la medito, le hablo, le escucho, me aconseja. No la suelto; no quiero, no puedo. Desde que murió hace más de diez años, la he santificado, sus pecados se han perdonado, de hecho, no tuvo. Ella fue el primer amor de mi vida.
Llevaba meses sin saber qué escribir; viajé, me enamoré, me desilusioné, cambié mi color de pelo, estilo de vida, dejé de hablarle a amigos, conocí nuevos, leía cosas que me abrieran la mente, tomé cursos, meditaba, hacía ejercicio y nada cambiaba, estaba bloqueada. Era como si mis ideas hubieran sido calcificadas. Me retracto, habían ideas, solo que por primera vez no sabía cómo escribirlas.
Y le lloraba. Lloraba en mi desesperación de no poder hacer lo que hago desde años. Escribir. Me senté en la sala, puse su foto frente a mí y pensé: “Dafne, tú me vas a decir qué escribir. Qué y cómo.”
Al terminar la meditación, un libro de cuentos se cayó del librero. Un libro que yo nunca compré, no sé quién me prestó y que estaba ahí, delgadito, pequeño, verde, un libro de cuentos: “El Diosero”.
Ya estaba lo más importante, qué escribir. Le di un beso en el retrato, le di las gracias y con una sonrisa escribí El Mago. Haría veintidós cuentos inspirados en los arcanos mayores del tarot; ese método mágico que inspira a la imaginación al ser contadores de historias en el que la concepción de nuestro mundo es la carta número uno. Números, letras, imágenes se juntan para contarnos nuestro pasado, presente y futuro. No importa si no crees en el tarot, es como la quija, solo funciona si tu mente quiere que funcione.
Dafne decía que vida solo hay una, que más valía hacer lo que yo quisiera.
Me puse mi primera borrachera con ella, me “hizo” ser malhablada y sacar mi lado extrovertido para obtener el cariño de la gente. Me enseñó que el carisma es la mejor arma para avanzar. Ella sabía que yo era retraída social, ratón de biblioteca que escuchaba música de ancianos en mi walkman. Nunca me juzgó, se reía de mí. Fue la primer persona que me amó incondicionalmente sin ser mi familia.
Pasé el mejor verano de mi vida junto a ella. Teníamos catorce años. Me acaba de mudar de la ciudad de México a Cuernavaca. Nos enamoramos de muchos chicos mientras pasábamos los días en la alberca y ella besaba a casi todos los guapos del fraccionamiento. El futuro se veía prometedor, maravilloso y acompañada junto a ella, brillante. El futuro solo llegó para una. Para mí.
Creí durante años que yo debí morir en lugar de ella. Supe por su madre, Ada, que mi amiga tenía miedo antes de morir y que al tirar sus cenizas al mar, saltaron dos delfines. El animal que más amaba Dafne, por fin era libre de esta dimensión material.
Humedad con gotas de lluvia empapan mi memoria en la que todos nuestros momentos se juntan en una especie de película; la abrazo, le digo que la extraño, que es mi mejor amiga, mi hermana, mi maestra, mi sacerdotisa. Extraño su risa, su manera de hacerme bajar a tierra y entender que nada es tan importante como el ahora. No quiero dejarla ir.
Me paro a tomar agua, he aprendido a hidratarme y todas esas cosas new age que hace la gente de mi edad y contexto social que nos permiten no perder la razón. Estoy trabada, no sé por qué no puedo escribir un cuento sobre ella.
Escogí la sacerdotisa, el número dos. Representa la Luna, la diosa isis, la prosperidad, la intuición, el elemento agua. Su elemento, mi delfina. Dualidad, el sujeto pasivo, la mujer, lo fecundo, las fuerzas opuestas. La imagen de la sacerdotisa se sienta entre dos pilares, uno claro y uno oscuro, que simbolizan la oscuridad y la luz. Es ella quién puede guiarnos en el paso hacia la profundidad. El tapiz que está a sus espaldas con el árbol de la vida, indica que los curiosos no pueden mirar y que solo los que están iniciados pueden acceder y traspasar a otra dimensión. La sacerdotisa lleva un manto azulado que representa el conocimiento, una corona que representa la triple diosa y una cruz en su pecho que simboliza el equilibrio que debe existir entre mujeres y hombres. Una torá descansa en su regazo, simbolizando el mundo esotérico y sus enseñanzas de un conocimiento superior y domina bajo su pie izquierdo a la luna, señalando que ella domina la intuición.
A mis casi cuarenta años, en una época en la que hago las paces con los hombres, empiezo a escuchar mi voz interior, conecto el ying yang a mi vida y Dafne comienza a desvanecerse. Quiere que la suelte. Me lo pide a gritos.
Mi maestra de meditación, Gio, me indica que medite todos los días. Hablamos de la frecuencia, la vibración, el silencio, el amor. Nos dice en clase que el tiempo lineal no existe, ya que sanas el pasado y te olvidas de la expectativa del futuro, solo así puedes unir el tiempo y estar aquí; el eterno presente.
Recolecto lo añejo en pequeñas etapas; perdono a mis padres, abrazo mi niña interior, beso en la frente a mis hermanos, paso mi infancia y los amores de mi adultez con una compasión absoluta hacia mi persona.
Pero mis manos escriben en la computadora, llego a Dafne y las primeras palabras son NO. No Dafne, no te vas a ir; eres mi faro, mi luz, mi maestra, no te vayas. No me dejes. Tú no.
Siento un calor en el cuerpo, sé que es ella. Se sienta frente a mí, tiene mi edad, treinta y ocho años (bueno, treinta y nueve años, es un año mayor que yo. Perdón por contarlo Daf), casi no la reconozco con arrugas. Es delgada como su madre, tiene marcas de expresión definidas pues ríe mucho. Los ojos son delineados solo de la parte baja del ojo y está vestida con flores moradas y aretes grandes.
– Siempre te gustó llamar la atención. –
– Mira quién habla. – me contesta.
Parece que hablamos, pero nadie abre la boca. Todo es con el pensamiento. Puedo a todos menos a ti, no me pidas eso Dafne.
– Ni era tan buena persona como me pintas, güey. Si siguiera viva seguro ni seríamos amigas.
Abro la boca impactada mientras rio y un segundo después, lloro como una demente.
Flaca, no quiero soltarte, esas palabras desesperadas salen de mi boca.
– Marce, si no me sueltas no puedes continuar al siguiente nivel. Tienes que dejar todo aunque tengas miedo.
Me abraza, cierro los ojos y puedo sentir su ser con el mío. Cruzamos un lapso de tiempo y espacio en el que me veo dentro de su cuerpo en sus últimos minutos de vida. Tengo tubos que permiten entrar aire a mis pulmones, soy ella, tengo veintiséis años, mi madre, la suya, me abraza.
Digo “tengo miedo”, mi madre Ada llora y me besa con desesperada calma ancestral. Estoy en el cuarto de un hospital, mis extremidades ya no me responden y cada vez es más difícil respirar. Quiero volar, quiero desaparecer de este cuerpo enfermo que me ha dado los mayores placeres e infinito dolor; todo es mejor sin esta enfermedad infernal que me ha quemado hace años.
Quiero sentir el viento, ese vacío lleno de amor. Quiero sentirme enamorada eternamente.
Estoy ahí unos minutos, escucho una melodía a lo lejos. Nessun Dorma. Conservo la tranquilidad pues sé que viene la inminente muerte.
Mis átomos se confunden con los suyos y somos una en ese momento de cobardía y audacia y la dejo ir, mi hermana merece ser feliz.
No dejo de llorar.
“Eres una chillona dramática” sonríe y se aparta del abrazo mientras lo dice: “Suelta el pasado por completo. Deja que lleguen otras amigas, expande, abre tu corazón, hay nuevos retos, grandes, maestras interesantes, yo fui la de tu adolescencia y parte de guía para tu adultez. Tú fuiste la mía también, güey, ya déjame ir, te amo, pendeja. Estamos vinculadas, somos una. ¿Aún puedes escuchar mi voz y risa? Qué loco, ¿no? ¿Cómo puede ser que uno se acuerde siempre de las cosas más triviales de la gente que amó?”
En la oscuridad total, la vela ya se había consumido y el olor de las flores ya pasadas me despierta. No fue un sueño, no lo inventé, no soy una escritora sin inspiración. Fue verdad. Le llamo a Gio, mi maestra de meditación y le digo que estoy lista.
Salgo de casa, tomo la bici para ver un atardecer y le susurro, “Ya está, güey, buen viaje amor. Nos vemos en alguna casa con alberca en unos años. Me faltan muchos. Te amo.”

 

Dedicado a Dafne Alafita, mosquito.

 

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