Saltar al contenido principal

EL MAGO.

Uno.

 

El umbral que ilumina la recámara le provoca una mueca indeseada. Su mano derecha toca su cara de una manera animal para concentrarse en despertar. Él sabe que es momento de ser el adulto que nadie pidió ser. Por su mente pasan los pendientes del día, de las semanas y de los de meses que dejó sin resolver. Cinco minutos más, pide su cuerpo caliente bajo las colchas. Quisiera ser niño de nuevo. No ahora. Se levanta y toma un baño. De manera instintiva se lava los dientes en la regadera, hace pipí en ella, se enjabona. Cinco minutos más; pide su cuerpo bajo el alivio del agua caliente. El café ya está listo en la cafetera. Lo toma sin azúcar y sin leche. Es parte de la adultez que alguien le mostró. Las nueve de la mañana y ya tiene un cigarro en mano. Siente cruda desde hace semanas. ¿Cuándo fue la última vez que se sintió feliz? No ahora.

Frente a la computadora escribe números, observa figuras, lee mails. Se enoja ante la ineptitud de la gente que trabaja con él y para él. Han pasado un par de horas y no ha comido. Su estómago le recuerda que no puede vivir de cigarros y café. Abre el refrigerador, toma un pedazo de queso Oaxaca y se lo mete a la boca. Con eso basta. Se sabe triste, se sabe solo, se sabe vacío. El éxtasis que consigue en drogas y múltiples mujeres no puede conseguirlo en el minuto de los días. Observa el mundo desde su balcón. Cierra los ojos. El sonido de una ambulancia lo hace navegar en un trance en el que puede escuchar cada partícula de la persona que se sentó a componer el ruido de esa sirena. Alguien debió crearla.

Recuerda a su padre y esa tarde que le enseñó jugar ajedrez. Tenía trece años. El caballo, el peón, la reina, el rey. Estrategia. Aquí gana el que menos expresión de emoción muestra. No llores, es de niñas. No te pongas esa ropa, es de maricas. No digas lo que sientes, eso es de cobardes. Jaque mate.

Lo despierta el sonido del celular en su bolsillo. Saca el artefacto y lo revisa sin hacerle caso. Se sienta frente a la computadora y teclea palabras en ese mail que no quiere escribir. Le da un trago al café, prende el cuatro cigarro de los veinte que fuma al día.

Sin darse cuenta, la computadora se convierte en piano. Las letras son ahora teclas. Blancas. Negras. Compone ante la sordera de la misma existencia.

El humo del cigarro en el cenicero lo transporta a un teatro en el que él está en el escenario. Sentadas hay más de mil personas que escuchan atentas su nueva creación. Su padre lo ve con lágrimas en los ojos. Composición en la que él es mago y creador. Uno con el universo. Llora mientras toca ese piano color opaco y entre más llora, su padre aplaude con vehemencia. Siente el orgullo del patriarca.

Mientras toca la exquisita melodía siente la vibración del celular de nuevo en el bolsillo del pantalón. Lo ignora; qué fantasía desconectar para soñar despierto.

Camina por las calles de la ciudad de México; cierra la chamarra hasta la barbilla. Su cuerpo le dice que hubiera traído algo más abrigado. Son casi las seis de la tarde. Va tarde a la cita. La gente ya sabe eso de él. Mantiene su trabajo por su gran carisma.

En el camerino frente a su pareja y su representante decide hacer un último esfuerzo; ha perdido la cuenta de cuántas llamadas ha hecho que lo mandan directo a buzón. Uno de los músicos toca a la puerta, es hora de probar que el piano esté en perfectas condiciones antes de empezar la función.

Sale a un callejón con los músicos para dar las últimas instrucciones. Alguien le ofrece un cigarro para calmar los nervios de su gran noche. Él niega con la cabeza; cáncer de pulmón se llevó a su bisabuelo, a su abuelo y a su padre.

Sin éxito, vuelve a marcar ese número que se sabe de memoria. Una habilidad rara en estos tiempos modernos.

El sonido de una ambulancia lo regresa a ese momento en el que su padre le dijo

“Nunca aprendas a jugar ajedrez. Sé lo que quieras ser.”

Apaga el teléfono. Es hora de dar la función.

La vibración de la gente al tocar su última creación lo regresa a la realidad. En primera fila su bisabuelo, su abuelo, su padre. Cree que alucina. Se frota la cara con su mano derecha. Contiene las lágrimas y escucha a su padre en un susurro; no te limpies, muestra.

Recuerda a su padre y esa tarde que le enseñó a tocar el piano. Blancas. Negras. Percusión. Cuerdas. Pedales. Cuerpo de resonancia. Teclado. Sentimientos. Consciencia.

Mientras suena la música, las lágrimas no dejan de brotar, el sonido de la ambulancia se disipa esa tarde que su padre murió en el departamento mientras escribía ese mail del trabajo que tanto odiaba.

El mago, con su alquimia, logró sanar a todos los hombres de su familia.

Jaque mate.

 

 

Dedicado a Miguel Lecuona, mi bello y sensible hermano; el mejor músico que he conocido…

 

 

INSTAGRAM: marce_lecuona 

 


¡Sin comentarios aún!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *