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LA EMPERATRIZ.

Tres.

Tiene textura a sangre en la boca. Ese sabor que es indiscutible ante la gravedad en la que habita. Apenas reacciona y no sabe dónde está. Le duele todo el cuerpo. Quiere levantarse, pero sus piernas no reaccionan. Solloza casi en silencio mientras abre los ojos. Siente el párpado inflamado del ojo izquierdo que no puede abrir en su totalidad. Reza; le reza a Dios, a su madre, incluso a su padre. Tres. Triángulo perfecto.

Respira. Ritmo. Presente.

¿Dónde estoy?, su mente repite. Recuerda pendeja, recuerda, ¿qué era lo último que hacías? ¿Te drogaste? ¿Te drogaron? En el banco de un parque, Manuel le sonreía unas horas antes; tenía un plan de fuga para ella. Ese hombre, mitad niño, mitad infante de veintiún años. El precio de confiar, se dijo Laura a sí misma. No debí, no debí…

Laura observa su inminente destino; está golpeada en un cuarto con poca iluminación. Una cama con una sábana manchada de rojo y un crucifijo colgado en la pared. No ventanas, no cuadros, no vida.

“¡Manuel!” grita, pero su voz se hunde en el vacío.

Manuel abre la puerta de la habitación, no dice nada, la observa y le entrega un vaso de agua. Laura toma el vaso, se echa agua en la mano y se limpia la herida del ojo. Él la ve con misericordia, pero no dice nada. Toma el vaso vacío y sale del cuarto.

Laura vuelve a gritar desconsolada, ahora con fuerza. Quita la sábana de la cama, patea la cama vieja, maldice, escupe sangre, dice groserías, todas las que sabe, todas las que su madre le enseñó.

Madre, ¿qué vas a pensar de mí? Te daré asco, dirás que fui una idiota. Qué vergüenza. Me lo advertiste, me lo advertiste todos los días desde esa noche que viste a mi padre tocarme en la regadera con la excusa de bañarme. Maldito cerdo. Contaba con cuatro años. Me dijiste que tuviera cuidado con los hombres. Me dijiste… te fallé.

Su padre iba a verla todas las tardes cuando Laura salía de clases; ella lo veía de lejos mientras comía chicharrones en el puesto de Don Paco. Se paraba ahí, a lo lejos, vigilándola. Laura se metía los chicharrones a la boca entrecerrando los ojos para saber si era algún tipo de visión. Su madre llegaba por ella y cuando volteaba, su padre ya no estaba.

Nadie puede usar su cuerpo sin su permiso, ni Manuel, ni su padre, nadie.

Respira. Ritmo. Presente.

Benditas clases, bendita educación, recordó Laura a su maestro de teatro decir que Chejov tenía un lema: “Si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí.”

Su mirada se posó en el crucifijo que estaba colgado arriba de la cama. Ahí estaba Jesús en la cruz; moribundo, ensangrentado, casi como ella. Se subió a la cama, lo descolgó y lo tomó con fuerza.

“Disculpa por lo que estoy a punto de hacer, Jesús.”

Respira. Ritmo. Presente.

Se abrió la puerta, pero esta vez no era Manuel, era el padre de Laura.

— ¿Vas a hacer algo con ese crucifijo o muestras lo católica loca que eres?—

— Púdrete, viejo asqueroso.—

Horas más tarde, Manuel entró a la habitación. Tomó el cuerpo inconsciente de Laura y lo acostó en la cama. El frágil costal de huesos aún ardía en calentura.

El velorio fue sencillo. Un par de amigos y los padres de Laura en un rincón. El padre abrazaba desconsolada a la madre. Manuel los miraba de lejos mientras comía unos chicharrones.

Laura aún estaba viva en el ataúd, oía a su hermano comer con el crujir de cada mordisco. Cuando apagaron las luces y todos se habían ido, Laura salió del ataúd y corrió lo más rápido que pudo.

Respira. Ritmo. Presente.

En la calle, al correr desesperada, la respiración se convirtió en un chillido que se pronunciaba “¡Madre!”

Cuando vives el presente plenamente, el tiempo desaparece, es una experiencia atemporal. Cuando acaba, no sabes si fue mucho o poco.

Manuel la vio por la ventana a lo lejos, pero hizo caso omiso. Es lo menos que podía hacer por su hermana. Él cenaba con sus padres mientras ellos hablaban que pronto cumplirían veinte años de casados. Nunca se volvió a hablar de Laura en esa casa.

Respira. Ritmo. Presente.

El triángulo perfecto.

Dedicado a mi valiente amiga “Laura”.

INSTAGRAM: marce_lecuona 


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